Baile apenas conocido, citado por [Vélez de Guevara, 1641] dentro de la enumeración de danzas y juegos que el demonio asegura haber introducido en el mundo. Su mención, junto a la zarabanda, la chacona o el bullicuzcuz, lo sitúa en la misma esfera de bailes festivos, populares y desenfadados del Siglo de Oro.
El término carcañal remite en castellano al talón o a la parte posterior del pie, lo que permite suponer que se trataba de una danza de fuerte componente zapateado, marcada por los golpes de talón contra el suelo, semejantes a los que más tarde caracterizarían ciertas formas de fandango y de seguidilla. No obstante, la ausencia de descripciones concretas impide conocer con detalle su compás o su coreografía.
La sonoridad misma de la palabra, evocadora del golpe seco del talón, deja entrever un baile de ritmo recio y animado, donde las castañuelas —habituales en este tipo de danzas— reforzarían el carácter vibrante del zapateo. De este modo, el carcañal permanece como un eco casi perdido en la literatura, un nombre sonoro que testimonia la riqueza y la variedad de los bailes españoles del siglo XVII.
No hay comentarios:
Publicar un comentario